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Olfato y obesidad

Señor Director:

Cuando pensamos en obesidad, solemos asociarla casi de manera automática a lo que comemos y a cuánto nos movemos a lo largo de día. Sin embargo, pocas veces consideramos el rol que cumplen nuestros sentidos en este proceso. El olfato, en particular, desempeña una función clave en la forma en la que percibimos los alimentos, regulamos el apetito y experimentamos saciedad. Lejos de ser un detalle menor, este sentido puede influir de manera profunda y constante en nuestras decisiones alimentarias y en la relación que construimos con la comida.

El olfato participa activamente en el disfrute de la comida como en la preparación del cuerpo para comer. Los aromas estimulan el apetito, influyen en la preferencia por ciertos alimentos y ayudan a anticipar la sensación de satisfacción. Además, permiten reconocer sabores, identificar alimentos en buen estado y registrar cuándo estamos verdaderamente satisfechos. Sin embargo, en personas con obesidad, esta capacidad sensorial puede verse alterada. Cambios hormonales y metabólicos asociados al exceso de peso pueden disminuir la sensibilidad olfatoria, haciendo que los alimentos resulten menos atractivos o sabrosos y, como consecuencia, se tiende a comer en mayor cantidad para alcanzar el mismo nivel de placer.

Ante esta menor percepción sensorial, muchas personas buscan compensar recurriendo a sabores más intensos. Alimentos ricos en azúcar, grasa o sal generan estímulos más fuertes y fácilmente reconocibles, lo que explica su mayor atractivo. Este fenómeno no ocurre por falta de voluntad o de información, sino como una respuesta natural del organismo que intenta recuperar el placer perdido al comer. El resultado suele ser una mayor preferencia por productos ultraprocesados y una menor aceptación de alimentos frescos, como frutas y verduras, reforzando un círculo difícil de romper y que perpetúa hábitos poco saludables.

Además, el olfato está estrechamente conectado con las áreas del cerebro que regulan el hambre, la recompensa y la saciedad. Cuando esta comunicación se altera, reconocer las señales internas que indican cuándo detenerse al comer puede volverse más complejo. Así, el olfato deja de ser un aliado en la autorregulación y se transforma en un factor silencioso que contribuye al desequilibrio alimentario.

Comprender la obesidad requiere mirar más allá del plato y considerar cómo funcionan nuestros sentidos. Incorporar el olfato en la educación alimentaria y en las estrategias de prevención puede abrir nuevas oportunidades para promover una relación más consciente con la comida. Reconocer que comer también es una experiencia sensorial nos permite avanzar hacia abordajes más humanos, integrales y efectivos para cuidar la salud de la población.

Dra. Ana María Obregón

Nutricionista y académica

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