Señor Director:
En Ñuble, la política votó en bloque y el volante lo pagó la clase media. Un 35% subió el SOAP tras la Ley Jacinta. En el papel: más cobertura. En la práctica: hasta $60.000 para un motociclista que ya hace malabares con permiso, bencina y pan.
Mi tesis es simple: cuando el costo de una mejora recae siempre en los mismos, la mejora deja de ser virtuosa. La Cámara aprobó con transversalidad; el Presidente promulgó. Los diputados reciben $7.238.983 de dieta y $5.929.775 en asignaciones, más $402.706 para combustible en distritos como Ñuble. No es delito: es distancia.
Se perfecciona el sistema de licencias, se amplía la cobertura del seguro. Bien. Pero el impacto no es abstracto: es el padre que calcula si renueva hoy o espera; la trabajadora que mira el precio y suspira.
La política no debería ser un seguro obligatorio contra la empatía. Si el progreso se financia siempre con el mismo bolsillo, no es progreso: es costumbre. Y la costumbre, cuando duele, termina pasando la cuenta.
Ricardo Rodríguez Rivas


