Señor Director:
A sus 70 años, mi madre – profesora activa por 48 años – decidió dejar de ejercer. Como tantos docentes en Chile, su jubilación nunca fue descanso, sino precariedad. Tras décadas formando personas, su pensión no le permitió vivir con dignidad. Esa es la primera gran deuda de un país que dice valorar la educación, pero abandona a quienes la sostienen.
En sus últimos años de ejercicio profesional mi mamá fue testigo de un deterioro aún más profundo: la pérdida de respeto hacia el profesor. La violencia dejó de ser excepcional, el desinterés directivo se volvió frecuente y algunos apoderados adoptaron una lógica clientelar que desdibuja el rol formativo del aula. Los recientes hechos de agresión – y muchos otros invisibles – no son aislados, sino síntomas de una crisis moral y ética que Chile arrastra hace años.
Preocupa que quienes lideran el país parezcan distantes de esta realidad, más enfocados en la contingencia que en las causas estructurales. Cuando la mediocridad reemplaza al mérito, el deterioro deja de ser advertencia y se vuelve norma. Ser parte de la OCDE no nos convierte en un país desarrollado: la brecha es, sobre todo, valórica.
Un país que no respeta a sus profesores no tiene futuro. No hay reforma posible ni crecimiento sostenible si la educación se debilita desde su base.
Porque al final, no se trata solo de mi madre: se trata de decidir si queremos seguir normalizando la indignidad o si, de una vez por todas, estamos dispuestos a reconstruir el respeto como cimiento de Chile.
Rodrigo Durán Guzmán




