La congestión vehicular en Chillán ha dejado de ser un fenómeno puntual para transformarse en una experiencia cotidiana, marcada por una queja que se repite con fuerza: muchos autos en las calles y lentitud en la construcción de nuevas o mejoradas vías estructurantes. Esta semana se sumó otra variable a la ecuación: falta de coordinación de los semáforos. Conductores, estudiantes y usuarios del transporte público describen un sistema que, lejos de ordenar el tránsito, parece obstaculizarlo. No es solo percepción; es una realidad que se vive en terreno y que impacta directamente en la calidad de vida urbana.
Los testimonios son elocuentes. La sensación de avanzar una cuadra para volver a detenerse, como si cada semáforo operara de manera aislada, da cuenta de una ciudad que pierde fluidez. A ello se suman efectos concretos: más tiempo de desplazamiento, mayor consumo de combustible, aumento de la contaminación y una creciente frustración de quienes utilizan las calles a diario. Lo que debiera ser una herramienta básica de gestión se convierte, en la práctica, en un factor de desorden.
El problema se vuelve aún más evidente en puntos críticos. Intersecciones como Chacabuco con Andrés Bello son descritas como verdaderos “embudos”, donde buses y vehículos particulares quedan atrapados en ciclos de luz roja que se perciben interminables. Para quienes dependen del transporte público significa retrasos acumulados que afectan rutinas laborales y académicas. Del mismo modo, en accesos a Chillán por el camino a Pinto, la reducción de los tiempos de luz verde ha generado esperas que alcanzan los 20 o 25 minutos en horarios punta, una situación difícil de justificar desde la lógica del funcionamiento vial.
Existen advertencias que van más allá de la congestión. La acumulación de vehículos en sectores como el paso nivel con Avenida Brasil no solo genera tacos, sino que abre interrogantes sobre la capacidad de la infraestructura para soportar cargas no previstas originalmente, tema que se analizó en sesión de Concejo Municipal. El problema de la descoordinación semafórica no solo impacta en la movilidad, sino que podría tener derivadas mayores si no se aborda con prontitud.
Frente a este escenario, la respuesta de la Seremi de Transportes, a través de la Unidad Operativa de Control de Tránsito (UOCT), resulta insuficiente. Se informa de monitoreos y ajustes, se alude a la necesidad de equilibrar seguridad y fluidez, y se explica el rol técnico del organismo. Sin embargo, no se responde al fondo de las denuncias: ¿por qué los semáforos no están coordinados de manera efectiva? ¿Qué fallas específicas existen? ¿Qué medidas concretas se implementarán para corregirlas?
La ciudadanía no está pidiendo intervenciones complejas, si no algo básico: que los semáforos funcionen de manera coherente con el flujo real de la ciudad. Y para eso, se requiere algo más que tecnicismos. Se necesita escuchar, observar y actuar con sentido práctico.
Persistir en respuestas genéricas, que describen funciones pero no resuelven problemas, solo contribuye a profundizar la distancia entre las instituciones y las personas. Chillán necesita una gestión del tránsito conectada con la experiencia real de sus habitantes, capaz de reconocer errores y de introducir ajustes visibles y oportunos.



