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Basura e incivilidades

Cristián Cáceres

Chillán enfrenta nuevamente el problema persistente de zonas tomadas por incivilidades y microbasurales que demandan un esfuerzo permanente de las autoridades para ser revertidos. El reciente operativo municipal en las inmediaciones de calle Palermo, donde se retiraron siete toneladas de residuos, desde refrigeradores hasta material vegetal, da cuenta del volumen y la gravedad de este desafío urbano. En paralelo, en el puente de Avenida Argentina con España, se detuvo a una persona en medio de la extracción de más de cinco toneladas de desechos acumulados en un sector.

Estas imágenes de residuos, amontonados en terrenos baldíos, bajo puentes o en veredas, no son solo un problema de limpieza: son el síntoma de una falla más profunda en nuestra ciudad. Cuando espacios públicos quedan sin uso, vigilancia ni sentido comunitario, se transforman en puntos de abandono. Allí florecen no solo la basura, sino también lo que muchos lamentan: inseguridad, consumo de alcohol y drogas, y el deterioro de la convivencia vecinal.

El esfuerzo municipal por intervenir estos focos, articulando cuadrillas de Aseo y Ornato, Seguridad Pública, Carabineros y servicios de emergencia, es necesario y encomiable. Sin embargo, no puede limitarse a acciones reactivas. Cada tonelada de basura retirada debería ser un recordatorio de la necesidad de construir soluciones estructurales: darle a cada terreno, cada ribera y cada esquina un propósito tangible para la comunidad.

Una de las ideas más potentes y visionarias para la ciudad fue el proyecto de Parque Urbano Estero Las Toscas, concebido para transformar el cauce urbano en un corredor verde. Este proyecto planificaba un parque lineal de miles de metros cuadrados con senderos, áreas de encuentro, zonas de descanso y conexión con la ciudad. Hoy, apenas un fragmento de ese parque existe y no es explotado por la ciudadanía. Pero la idea de fondo, convertir un elemento natural que atraviesa Chillán en un espacio de esparcimiento, deporte y encuentro social, sigue siendo extremadamente vigente.

¿No sería esta una manera de matar “dos pájaros de un tiro”? Un parque urbano en la ribera de Las Toscas no solo aportaría bienestar ambiental y calidad de vida, como lo hacen los grandes parques en otras capitales regionales, sino que también eliminaría grandes extensiones de terreno sin uso efectivo, donde actualmente se acumulan residuos o se instalan campamentos informales. La presencia constante de vecinos, familias, trabajadores, ciclistas y estudiantes en espacios bien diseñados y gestionados naturalmente desalienta usos impropios.

La experiencia de otras ciudades demuestra que las áreas verdes bien mantenidas son barreras naturales contra la proliferación de microbasurales y conductas antisociales. Cuando un parque tiene programación, ferias, actividades deportivas, áreas de juego, genera presencia comunitaria permanente, lo que a la vez es un mecanismo de vigilancia social. No se trata de cercar o expulsar, sino de invitar y ocupar con sentido.

Además del proyecto del estero, hay otras propuestas que deben ser consideradas: crear parques en terrenos baldíos, activar plazas vecinales con actividades culturales y deportivas, mejorar la iluminación y la accesibilidad, e instalar mobiliario urbano que fomente el uso social. Junto con esto, endurecer sanciones para quienes arrojen residuos en lugares no autorizados y reforzar la educación ciudadana sobre la correcta disposición de la basura es fundamental. La responsabilidad no es solo del municipio: es de todos.

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