Señor Director:
En Chile se pierden o desperdician más de 5 millones de toneladas de alimentos cada año. No hablamos solo de un problema ambiental, sino de un enorme costo económico que afecta directamente a las familias y a la competitividad del país.
Si se valoriza esa pérdida de manera conservadora, el impacto podría superar los US$ 5.000 millones anuales, es decir, cerca de 2% del PIB. Solo en los hogares, el desperdicio promedio bordea los $23.000 mensuales por familia.
Esto ocurre a lo largo de toda la cadena, en la postcosecha agrícola, en el transporte, en el retail y en los propios hogares. Es ineficiencia pura. Recursos como agua, energía, trabajo y tierra se utilizan para producir alimentos que finalmente terminan en la basura.
Reducir en 30% el desperdicio nacional liberaría millones de dólares para la economía, aliviaría la presión sobre la canasta básica y mejoraría la competitividad agroexportadora. La solución no pasa por más discursos, sino por gestión moderna, trazabilidad digital, incentivos a la donación, coordinación logística e inteligencia artificial para anticipar sobre stock.
En tiempos donde el costo de la vida es una de las principales preocupaciones ciudadanas, combatir el desperdicio alimentario es una política económica inteligente y transversal. No se trata solo de producir más, sino de aprovechar mejor lo que ya producimos.
Jorge Porter Taschkewitz




