Señor Director:
Con el mayor respeto que cada uno supone se merece, haré un último llamado a los santos varones que permanecen en este mundo contaminando el paisaje con las miserias de la vejez ¿A qué ese afán maníaco de seguir respirando a medio fuelle, de seguir encadenado a la silla de ruedas, de seguir dándoles de comer a las palomas, de seguir escribiendo versos que no vienen al caso, de redactar cartas espantosas, de dormir olímpicamente en la mecedora, de cultivar maleza en maceteros, de tomar medicamentos en horarios olvidados como si fueran caramelos afrodisíacos? Creo que no corresponde que nos tomemos la molestia de seguir molestando al auditorio con nuestras pesadillas, esperando que nuestros hijos se conviertan en nuestros padres, como si no tuvieran otra cosa mejor que hacer. Insisto: ¿a qué ese afán de subirse a una micro en marcha, de llegar a las 5 de la mañana a los consultorios de salud pública? Y dele con sacar la gotera y dele con olvidar a quién le prestó el serrucho, y dele con hacer fila en Fonasa y dele con esos viajecitos al mercado.
En fin, amables lectoras y lectores, entiendo que el respetable público dirá, pero la paciencia también tiene su límite, por eso hago un último llamado a soltar las herramientas, a largar los bueyes, a parar las chalas o como que quiera que se le llame coloquialmente al acto final de la tragedia de la vida; como dijera Wilde. Ahora bien, para qué vamos a decir una cosa por otra, si hubiera alguien que me diera una razón válida en contrario podríamos seguir filmando la película.
En la capital histórica, con 15 lustros a cuestas y plenamente consciente de mis actos.
Miguel Gaete de la Fuente




