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Otra vez el comercio ambulante

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La discusión generada en el Concejo Municipal de Chillán por la presencia de comerciantes ambulantes durante la próxima Fiesta de la Longaniza revela un problema que va mucho más allá de la instalación de algunos toldos en las calles del centro.

El municipio anunció tolerancia cero frente al comercio informal dentro del perímetro de la festividad. La decisión tiene fundamentos atendibles. La experiencia del año pasado dejó una imagen negativa, con ocupación desordenada de espacios públicos y una controversia que terminó opacando parte de la celebración. Si existen nuevas normas para el uso de estos lugares, deben cumplirse y las autoridades tienen la obligación de hacerlas respetar.

Pero ordenar no necesariamente significa excluir. Ese es el punto que merece una discusión más profunda. Muchos comerciantes ambulantes dependen de esta actividad para generar ingresos y, además, forman parte de la realidad cotidiana de Chillán. Pretender que desaparecerán durante una festividad de esta magnitud, especialmente cuando otros eventos han reducido sus actividades, parece poco realista.

Por eso, la alternativa no debería ser enfrentar a fiscalizadores, policías y vendedores en las calles. Tampoco resulta razonable esperar que el conflicto se produzca para recién reaccionar. La prevención exige planificación, coordinación y reglas conocidas con anticipación.

En ese sentido, la propuesta planteada por concejales de habilitar espacios regulados para comerciantes locales merece, al menos, una evaluación técnica. No se trata de abrir indiscriminadamente el centro al comercio informal, sino de estudiar si existen lugares que permitan compatibilizar la actividad comercial con la seguridad, la circulación de personas y el funcionamiento de la fiesta.

Una eventual autorización, además, debería establecer criterios claros: prioridad para comerciantes de Chillán, permisos acotados, identificación de los vendedores, condiciones sanitarias y de seguridad, horarios y fiscalización efectiva. Así se evita que una medida de inclusión termine transformándose nuevamente en desorden.

La responsabilidad municipal es conducir este proceso con firmeza, pero también con capacidad de diálogo. Si existen atribuciones de la Delegación Presidencial y participación de Carabineros y otros organismos, la coordinación debe comenzar antes del evento y no cuando el conflicto ya esté instalado.

La Fiesta de la Longaniza debe ser una celebración para Chillán, no una fuente de enfrentamientos. La ciudad necesita autoridad para ordenar, pero también inteligencia para anticiparse. Entre la permisividad absoluta y la tolerancia cero existe un espacio llamado regulación. Encontrarlo y aplicarlo es, precisamente, la tarea que corresponde a las autoridades.

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