Señor Director:
Hay debates que se resuelven con cifras, informes y argumentos jurídicos. Pero hay otros que solo pueden responderse mirando a los ojos de quien no tiene voz.
Eso ocurre con las carreras de perros galgos.
Mientras el Congreso discute si prohibirlas o regularlas, miles de personas observan el debate desde la política. Los galgos, en cambio, lo viven desde el silencio. Corren porque alguien los obliga a correr. No conocen la gloria del vencedor ni el consuelo del derrotado. Solo conocen la obediencia.
Quizás algunos dirán que una buena regulación basta. Otros sostendrán que se trata de una tradición. Pero ninguna tradición merece sobrevivir si para hacerlo exige el sufrimiento de un ser vivo.
La historia demuestra que las sociedades evolucionan cuando reemplazan la indiferencia por la compasión. Ese es el verdadero progreso.
Cuando este debate termine, ojalá no recordemos quién ganó la discusión política. Ojalá recordemos que, por una vez, Chile decidió escuchar el silencio de aquellos que nunca pudieron defenderse. Porque, a veces, la grandeza de un país comienza con el gesto más sencillo: dejar de hacer sufrir a quien jamás pudo elegir.
Raúl Sandoval Sepúlveda




