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Lluvias en perspectiva

LD

Antes de las intensas lluvias de julio, hablar de sequía en Ñuble parecía casi una obviedad. Hoy, después de cuatro sistemas frontales que dejaron anegamientos, desbordes de cauces, problemas de conectividad y una sensación generalizada de abundancia hídrica, esa percepción podría llevar a conclusiones equivocadas. La realidad climática demuestra exactamente lo contrario: pese a toda el agua caída, Chillán aún mantiene un déficit de precipitaciones del 17,4% respecto de un año normal.

La cifra obliga a poner las cosas en perspectiva. Hasta ahora se han acumulado 533,9 milímetros de lluvia, cuando el promedio histórico para esta fecha alcanza los 646,1 milímetros. Es decir, todavía faltan 112,2 milímetros para igualar un año climatológicamente normal. No deja de ser paradójico que, tras semanas marcadas por temporales que pusieron a prueba la infraestructura regional y saturaron los suelos, la ciudad siga arrastrando un déficit pluviométrico.

El dato adquiere aún mayor relevancia si se recuerda que hace apenas unas semanas la brecha superaba ampliamente el 40%. Las lluvias de julio permitieron reducir de manera significativa ese rezago, pero no revertirlo completamente. Esa diferencia entre la percepción ciudadana y la realidad estadística es precisamente la mejor evidencia de la magnitud de la sequía estructural que ha afectado a Ñuble durante la última década.

La región vive una contradicción que debe ser comprendida. Un invierno particularmente lluvioso puede provocar inundaciones y, al mismo tiempo, resultar insuficiente para compensar años consecutivos de precipitaciones por debajo de lo normal. Los déficits hidrológicos no desaparecen con uno o dos temporales intensos, porque los acuíferos, los embalses, las napas subterráneas y los ecosistemas requieren procesos mucho más prolongados de recuperación.

Es cierto que las perspectivas para las próximas semanas son alentadoras. Un nuevo sistema frontal podría seguir reduciendo la brecha, mientras que los pronósticos estacionales de la Dirección Meteorológica anticipan precipitaciones cercanas o incluso superiores a los valores normales durante agosto. Son noticias, especialmente para una región cuya agricultura depende en gran medida de la disponibilidad de agua.

Sin embargo, sería un error interpretar este invierno como el fin de la crisis hídrica. Buena parte de las actuales precipitaciones están asociadas a la influencia del fenómeno de El Niño, una condición oceánica-atmosférica naturalmente transitoria. Cuando ese escenario cambie y vuelvan a imponerse condiciones neutras o incluso de La Niña, la región podría reencontrarse con la realidad que ha caracterizado los últimos años: inviernos más secos, menor acumulación de nieve en la cordillera y una creciente presión sobre las fuentes de agua.

La aparente abundancia de este invierno no puede transformarse en complacencia. Debe ser aprovechada como una oportunidad para fortalecer la gestión del recurso hídrico. La recarga de acuíferos, la construcción y modernización de infraestructura de almacenamiento, el mejoramiento de canales, el uso eficiente del agua en la agricultura y el consumo responsable siguen siendo desafíos plenamente vigentes.

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