La próxima entrada en funcionamiento del nuevo Hospital Regional de Ñuble representa uno de los hitos más trascendentes para el desarrollo de la región en las últimas décadas. Su impacto irá mucho más allá de la salud, pues modificará de manera significativa los patrones de movilidad de Chillán y Chillán Viejo, generando nuevos flujos de vehículos, transporte público y peatones hacia un sector que concentrará diariamente a miles de pacientes, funcionarios y visitantes.
Por ello, resulta acertada la decisión de anticiparse a ese escenario mediante un estudio técnico que propone cambios concretos para optimizar la circulación antes de que el recinto abra sus puertas. El análisis elaborado por la Seremi de Transportes, basado en levantamientos en terreno, modelaciones de tráfico y la evaluación de distintos escenarios, merece ser valorado. Cambios de sentido de calles, ajustes a recorridos del transporte público y mejoras en la semaforización son medidas que, si se implementan de manera coordinada y oportuna, permitirán reducir considerablemente los tiempos de desplazamiento y evitar que el estreno del hospital se transforme en un problema para la ciudad.
La experiencia demuestra que intervenir una vez que el colapso ya se produjo suele ser mucho más costoso e ineficiente que prevenirlo. En este caso, las proyecciones hablan de reducciones relevantes en las demoras de acceso y de importantes ahorros sociales asociados al menor consumo de combustible y al tiempo recuperado por miles de personas. Son cifras que evidencian que una adecuada gestión del tránsito también genera beneficios económicos y ambientales.
Sin embargo, esta misma capacidad de anticipación inevitablemente invita a preguntarse por qué ese nivel de diligencia no ha logrado replicarse en otros puntos críticos de la capital regional, donde la congestión dejó hace tiempo de ser una proyección para convertirse en una realidad cotidiana.
Los automovilistas conocen de memoria los tacos que se forman en ejes como Vicente Méndez, Paul Harris, Alonso de Ercilla o el sector Parque Lantaño. Son cuellos de botella cuya solución lleva años anunciándose, mientras los proyectos permanecen atrapados en interminables etapas de diseño, actualizaciones técnicas, nuevas exigencias normativas o procesos administrativos que parecen no tener fin.
Es comprensible que iniciativas de gran envergadura requieran estudios rigurosos y revisiones periódicas. También es razonable que las ciudades evolucionen y obliguen a actualizar proyectos concebidos hace una década. Lo que resulta difícil de justificar es que esa dinámica termine transformándose en un círculo permanente de rediseños que posterga indefinidamente las soluciones que la ciudadanía espera.
Chillán sigue creciendo. Se expanden los barrios, aumentan los vehículos, aparecen nuevos polos comerciales y de servicios, mientras la infraestructura vial avanza a un ritmo claramente insuficiente. El nuevo hospital es apenas una muestra de una ciudad que continuará demandando una movilidad más eficiente durante los próximos años.




