Antes de que el invierno alcance su punto más crudo, Chillán y Chillán Viejo ya enfrentan un escenario que recuerda una realidad que nunca ha desaparecido del todo. En los primeros días de julio se han decretado seis pronósticos de episodios críticos de contaminación atmosférica —cuatro preemergencias y dos alertas—, una cifra que contrasta con la percepción de que el problema de la mala calidad del aire estaría en vías de superación gracias a una década de aplicación del Plan de Descontaminación Atmosférica (PDA). La evidencia demuestra que no es así.
Es cierto que los avances son innegables. Comparado con la situación que vivía la intercomuna hace 10 años, hoy existen más viviendas con mejor aislación térmica, miles de calefactores antiguos han sido reemplazados por equipos más eficientes y las restricciones durante episodios críticos forman parte de la rutina invernal. Los indicadores muestran una disminución de los episodios extremos y una mejora gradual de la calidad del aire.
Sin embargo, basta que coincidan varios días de heladas intensas, temperaturas bajo cero y escasa ventilación para que aflore la fragilidad de esos avances. La escena vuelve a repetirse: chimeneas encendidas desde temprano, humo suspendido sobre la ciudad y sucesivos decretos de alerta o preemergencia. El invierno recuerda que la principal fuente de contaminación sigue siendo la calefacción residencial a leña y que la dependencia de este combustible continúa siendo muy alta.
La contaminación atmosférica tiene una particularidad que la distingue de otros problemas ambientales: sus consecuencias se respiran de inmediato. Afecta especialmente a niños, adultos mayores y personas con enfermedades respiratorias o cardiovasculares, pero también deteriora la calidad de vida de toda la población. Cuando el aire se vuelve irrespirable, se restringen actividades físicas, aumentan las consultas médicas y la ciudad entera ve limitada su normal funcionamiento.
Las cifras de este invierno son elocuentes. Aunque junio registró menos episodios críticos que el año pasado, la concentración promedio mensual de material particulado fino fue incluso superior a la de igual período de 2025. Es decir, menos episodios no necesariamente significan un aire más limpio. La contaminación sigue presente en niveles que exceden los recomendados para proteger la salud.
Las lluvias y los vientos pronosticados para los próximos días probablemente traerán un alivio temporal. Como ha ocurrido tantas veces, será la meteorología la que disperse el humo acumulado sobre la ciudad. Pero confiar en los sistemas frontales para mejorar la calidad del aire constituye, en sí mismo, una señal de que el desafío estructural permanece pendiente.
El PDA ha demostrado ser una herramienta útil, pero no suficiente. Su continuidad y modificación exige fortalecer programas de recambio de calefactores, acelerar el mejoramiento térmico de viviendas, ampliar el acceso a sistemas de calefacción más limpios y económicamente viables, junto con reforzar la fiscalización y la educación ambiental. Mientras para miles de familias la leña siga siendo la alternativa más accesible para enfrentar el frío, los episodios críticos seguirán reapareciendo cuando las condiciones meteorológicas sean adversas.




