Cuando Chillán aún era una ciudad en formación y estudiar más allá de la enseñanza básica implicaba viajar a Santiago, un grupo de vecinos impulsó la creación de un establecimiento que cambiaría para siempre la historia local.
Corría 1852 cuando abrió sus puertas el entonces Liceo de Hombres de Chillán, origen del actual Liceo Narciso Tondreau, que este año celebra 173 años de existencia y se posiciona como una de las instituciones educacionales más antiguas y emblemáticas del país.
La historia comenzó de manera modesta. Su primer rector, Pedro Matus, inició las clases con apenas ocho estudiantes y cuatro asignaturas: latín, geografía, aritmética y religión. El establecimiento funcionaba en una amplia casona ubicada en la esquina de Rosas con Libertad, en el sector donde actualmente se emplaza el Insuco.
“Los que querían estudiar se tenían que ir a Santiago”, recuerda el director, Pedro Ramos, al describir el contexto que dio origen al establecimiento. La creación del liceo respondió a una necesidad de la propia comunidad chillaneja, que buscaba ampliar las oportunidades educativas para los jóvenes de la provincia.
La era Tondreau
Con el paso de los años, el liceo creció en matrícula, prestigio e influencia. Sin embargo, sería durante la extensa rectoría de Narciso Tondreau cuando alcanzaría una de sus etapas más relevantes. Abogado, educador y hombre de profundas inquietudes intelectuales, transformó al establecimiento en un verdadero polo cultural para la ciudad.
“Don Narciso Tondreau hizo del liceo un centro cultural importante; por aquí pasaba toda la actividad cultural”, destaca Ramos.
En aquellos años, y posterior al rectorado de Tondreau, surgieron instituciones y expresiones artísticas vinculadas al establecimiento. Revistas como Rumbos y Ratos Ilustrados, agrupaciones culturales como Tanagra y numerosas actividades académicas convirtieron al liceo en un referente de la vida intelectual chillaneja.
Su influencia también alcanzó al deporte. Desde el antiguo Club Deportivo Liceo surgieron los orígenes de lo que posteriormente sería el Club Deportivo Ñublense. El profesor Manuel Lara lideraba a estudiantes que representaban a la ciudad en competencias deportivas, sentando las bases de una tradición que perdura hasta hoy.
La lista de exalumnos ilustres refleja la trascendencia de la institución. Por sus aulas pasaron figuras como Enrique Molina Garmendia, fundador de la Universidad de Concepción; el exministro José Tohá; el antipoeta Nicanor Parra; diplomáticos, académicos, juristas y autoridades que posteriormente ocuparían posiciones relevantes en la vida nacional.
También fue un punto de encuentro para grandes nombres de la cultura chilena. El histórico Libro de Oro del establecimiento conserva las firmas de Gabriela Mistral, Pablo Neruda y del presidente Arturo Alessandri Palma, entre muchas otras personalidades que visitaron el liceo durante el siglo XX.
“Todo lo cultural y educacional pasaba por el liceo”, resume Ramos. De hecho, durante décadas la institución actuó como una especie de certificadora académica para establecimientos de distintas comunas de la antigua Provincia de Ñuble.
Otro de los hitos que marcó su identidad fue el internado. Impulsado durante la época de Narciso Tondreau, llegó a albergar hasta 150 estudiantes provenientes de distintas comunas de la región e incluso de zonas vecinas. Aquella modalidad permitió que generaciones de jóvenes accedieran a estudios secundarios cuando la oferta educacional era mucho más limitada que en la actualidad.
Los terremotos también han dejado huella en su historia. El devastador sismo de 1939 obligó a replantear su ubicación y dio paso a la construcción del actual edificio, inaugurado en 1949. La estructura, una de las primeras edificaciones levantadas bajo los estándares de la Corfo de la época, se convirtió en parte inseparable del paisaje urbano de Chillán.
Décadas después, el terremoto de 2010 provocó daños significativos en el internado, que debió ser demolido. El edificio principal, en cambio, resistió con daños menores.
Coeducación y fusión
A lo largo de su trayectoria, el establecimiento también ha experimentado transformaciones profundas. Si bien durante gran parte de su historia fue un liceo exclusivamente masculino, en 2005 adoptó definitivamente el modelo coeducacional. Más recientemente, la incorporación de educación parvularia, básica y programas de integración escolar, producto de la fusión con la Escuela Los Héroes, amplió su cobertura y fortaleció su matrícula.
Actualmente supera los 700 estudiantes y cuenta con una amplia red de apoyo profesional, además de programas como PACE, que facilitan el acceso a la educación superior.
Para Pedro Ramos, el principal patrimonio del liceo no está únicamente en sus edificios, documentos históricos o colecciones artísticas. Está, sobre todo, en sus generaciones de exalumnos.
“Aquí nos alimentan mucho los exalumnos. Ellos sienten agradecimiento porque son lo que son gracias al liceo”, sostiene.
Ese vínculo se expresa en becas, aportes y actividades impulsadas por antiguas generaciones que siguen identificándose con la institución. Es una relación que, según Ramos, ayuda a proyectar el futuro del establecimiento en tiempos complejos para la educación pública.
A 173 años de su fundación, el Liceo Narciso Tondreau mantiene el desafío que inspiró a sus fundadores: abrir oportunidades y formar ciudadanos para la ciudad y el país. En una ciudad de Chillán que se acerca a sus 450 años de historia, el antiguo liceo sigue siendo parte esencial de su identidad, un espacio donde educación, patrimonio y memoria continúan encontrándose cada día.




