Señor Director:
Los últimos episodios de violencia en escuelas chilenas han reactivado diagnósticos conocidos: problemas de convivencia, falta de recursos y debilidades institucionales. Sin embargo, en medio de estas explicaciones, persiste una omisión más profunda: seguimos evitando la pregunta esencial: ¿para qué educamos?
El problema no es solo la crisis del sistema escolar, sino que nos hemos acostumbrado a pensar la educación en clave técnica, pero no en clave de sentido. Cuando el sentido se debilita, la educación puede seguir funcionando, pero deja de formar.
En las escuelas, profesores y equipos directivos intentan educar en una clave más profunda: formar personas, acompañar trayectorias, generar comunidad. No es indiferencia lo que habita nuestras aulas. Sin embargo, ese esfuerzo cotidiano suele chocar con un sistema que mide la calidad en parámetros distintos. Así se produce una fractura silenciosa: cuando lo que se mide no coincide con lo valioso, lo esencial queda desplazado.
La tradición humanista, en especial la cristiana, ha sido clara: educar es formar integralmente a la persona y orientarla al bien común. No basta con mejorar indicadores; urge reconstruir un horizonte compartido. Ello implica revisar qué entendemos por calidad educativa y el lugar que ocupan disciplinas como la filosofía, la historia, el arte y la religión.
Preguntarnos “¿para qué educar?” es preguntarnos por la persona que estamos formando y la sociedad que estamos construyendo. Y esa es una pregunta que no podemos seguir postergando.
Patricio Jaramillo Fernández
Director U. Finis Terrae




