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Cuentos urbanos: La Reconversión

Gabriel sabía muy poco, o casi nada, de lo que le esperaba aquel día. Era la madrugada de un día muy oscuro, con posibilidades de lluvia. Sin embargo, los pronósticos del tiempo no preocupaban tanto. Al menos, la Gobernación Marítima no había dado señales de alerta a los barcos pesqueros que cada mañana salían a alta mar. Uno de ellos le pertenecía. Su padre había fallecido hacía muy poco y el barco era el gran legado que les dejaba para seguir la tradición familiar. Gabriel vivía con su madre, una hermana mayor, que cumplía la función de cuidadora de su anciana progenitora, su esposa y tres pequeños hijos. Todos varones. Ellos al unísono manifestaban su aspiración de llegar algún día a tener sus propios barcos para salir cada día a navegar. No eran millonarios, pero siempre el barco le había entregado el sustento familiar. Al menos, hasta ahora.

Habían transcurrido casi dos años, tiempo en el cual su padre aún vivía, en que había disminuido notablemente el rendimiento de las labores diarias de pesca. Pero también, los peces habían reducido su talla, lo que señalaba una compleja situación del recurso. Entre los dueños de las demás embarcaciones, existía la convicción de que el responsable de la baja captura era la pesca industrial de arrastre. Si bien, en teoría, operaban fuera de las 200 millas de la costa, nadie podía asegurar que dichos barcos se acercaran a extraer los recursos que les pertenecía por derecho propio. Nadie sabía con certeza los años que tenía funcionando esa caleta de pescadores. Sin embargo, por el relato de los residentes de mayor edad se hablaba de al menos 100 años. En los tiempos de bonanza, donde la captura de peces era abundante, se habían asentado más de 150 familias. Hoy apenas sumaban 40.

Esa triste mañana, Gabriel se enfrentaba con sus peores fantasmas. Hacia un mes que había sido alertado de que dicho día se materializaba la revocación de su permiso de pesca. La autoridad marítima había sido clara. Los estudios indicaban un agotamiento alarmante del recurso y debía entrar en veda. La que se prolongaría indefinidamente. Por tanto, dejaba ser viable seguir viviendo en la única tierra que conocía desde que tenía uso de razón. El mismo lugar donde había conocido su pareja. El mismo lugar donde habían nacido y crecido sus hijos. Lo que se venía durante el transcurso de ese fatídico día, eran innumerables reuniones con las autoridades para buscar una solución.

En todo caso, algo le adelantaron. Les ofrecen ingresar a un Programa de Fomento Productivo y Reemprendimiento para los jefes de familia de los hogares afectados. Ingresarían a un programa con una beca en dinero para la capacitación sobre elaboración de un proyecto de negocios, dictado por una prestigiosa universidad del país. Al final del curso, el proyecto elegido, recibirá un subsidio para la inversión y capital de trabajo por seis meses. Empero, para que los proyectos reciban dichos beneficios, deben estar elaborados en sectores económicos distintos a la pesca artesanal.

Mientras Gabriel trataba de concentrar su atención en el desayuno, tenía una profunda sensación de inseguridad. Toda su vida fue pescador artesanal. Toda experiencia vivida estuvo entre la proa y la popa de su barco pesquero familiar. Conocía cada ruido que emitía el motor fuera de borda. Sabía cómo enfrentar las peores tempestades. Pero no tenía idea cuál sería su reemprendimiento. Una voz interior, le dijo algo que le hizo recobrar parte de la esperanza. Se reconvertiría. Para ello, su proyecto consideraría comprar un horno y una camioneta para hacer y repartir pan. Pasado un tiempo razonable, los vendería para hacer caja y comprar un nuevo motor para su barco. De esta forma, podría navegar con su familia en búsqueda de una nueva caleta. Al fin de cuentas, era la única forma de vida que conocía.

Renato Segura
Investigador Cerregional

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