Los desastres naturales y aquellos provocados por el ser humano han acompañado a la humanidad a lo largo de su historia. En Chile conocemos bien la fuerza de los terremotos y sus consecuencias; a nivel global, las pandemias y las guerras han marcado épocas enteras.
Un aspecto clave en la capacidad de respuesta frente a estas crisis es la desigualdad de ingresos que enfrenta cada país. Por estos días observamos, aunque a la distancia, un conflicto que ha impulsado al alza el precio del crudo. Ante ello, cada nación adopta medidas para sostener su funcionamiento. En Chile, la respuesta se ha traducido en un aumento significativo en los precios de los derivados del petróleo, particularmente bencinas y diésel. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿podrán los consumidores asumir estos nuevos costos o deberán reducir su consumo? La respuesta, como tantas veces, es desigual: algunos podrán, otros no.
En este contexto, resulta indispensable contar con información objetiva y comprender lo que revelan los datos. La desigualdad de ingresos en Chile se estima a partir de encuestas realizadas por instituciones con trayectoria. El Instituto Nacional de Estadísticas (INE), mediante la Encuesta Suplementaria de Ingresos (ESI), entrega cifras recientes basadas en datos de 2024 y proyecciones. Según estas estimaciones, el ingreso mediano alcanza aproximadamente los $610.000 líquidos mensuales, lo que implica que la mitad de los trabajadores gana esa cifra o menos. En tanto, el ingreso promedio bordea los $900.000, valor más alto debido a la influencia de salarios elevados.
La comparación entre media y mediana permite advertir una realidad conocida: la distribución de los ingresos está sesgada hacia los valores altos. En términos estadísticos, se trata de una distribución asimétrica a la derecha, donde un grupo reducido concentra ingresos significativamente mayores, mientras la mayoría percibe montos más bajos. Otros indicadores ayudan a dimensionar esta brecha. Por ejemplo, el decil 7 se sitúa en torno a los $700.000, lo que indica que el 70% de los trabajadores recibe ese monto o menos. Asimismo, el percentil 97 se aproxima a los $3.000.000, evidenciando que solo un 3% supera ese nivel, mientras el 1% alcanza cifras muy superiores.
En paralelo, el sueldo mínimo en Chile llegó a $539.000 en enero de 2026, tras una serie de acuerdos y leyes que, entre 2022 y 2025, lo incrementaron en casi un 50% desde los $380.000.
Para comparar la desigualdad entre países se utiliza el coeficiente de variación, que relaciona la desviación estándar con el promedio. En Chile, este indicador se aproxima a 0,8, reflejando una alta dispersión salarial. En contraste, en países del norte de Europa fluctúa entre 0,3 y 0,4, lo que da cuenta de sociedades más igualitarias.
En definitiva, las crisis globales no impactan a todos por igual, porque las condiciones de base tampoco lo son. Mientras no enfrentemos con decisión las brechas internas, cualquier shock externo seguirá profundizando diferencias ya existentes. La verdadera preparación de un país no solo se mide por sus políticas de emergencia, sino por la equidad que es capaz de construir en tiempos de normalidad.




