En Ninhue, donde el campo todavía marca el ritmo de la vida y las estaciones se leen en la tierra, hay historias que no se escriben con tinta, sino con hilo. Durante más de cinco décadas, esas historias han sido bordadas por manos de mujeres que encontraron en la aguja no solo un oficio, sino una forma de decir quiénes son. Detrás de ese relato colectivo hay un nombre que hoy vuelve a su origen: Carmen Benavente Puga.
La familia de quien fuera reconocida como Hija Ilustre de la comuna y considerada la “madrina de las Bordadoras de Ninhue” cumplirá uno de sus últimos deseos: descansar en la tierra de sus ancestros. Sus cenizas, junto a las de su esposo, el compositor y Premio Nacional de Música Juan Orrego Salas, serán despedidas el viernes 17 de abril a las 11:00 horas en la iglesia parroquial de la comuna, para luego ser trasladadas al cementerio local.
La mujer que encendió una tradición
La historia se remonta a mayo de 1971. Carmen Benavente, nacida en 1921 y radicada gran parte de su vida en Estados Unidos, regresó a Chile con una idea sencilla pero transformadora: compartir sus conocimientos de bordado con mujeres de su tierra. Ese gesto inicial derivó en la creación del primer taller en la comuna, donde un grupo reducido (liderado por Filomena Vergara) comenzó a aprender técnicas como el crewel, caracterizado por el uso de lanas de colores para representar escenas con volumen y detalle.
Lo que partió como un espacio de encuentro pronto creció hasta reunir a decenas de mujeres. En sus telas comenzaron a aparecer escenas de la vida campesina: la siembra, los animales, las casas de adobe, las celebraciones. No era solo artesanía; era memoria convertida en imagen.
A fines de los años 70 y comienzos de los 80, Benavente llevó estos bordados a Santiago. La recepción fue inmediata. Más tarde, las piezas viajarían fuera del país, llegando a exposiciones en Estados Unidos, Alemania, Rusia, España, Argentina y Venezuela. Ninhue comenzaba a proyectarse internacionalmente a través de un lenguaje silencioso, pero profundamente elocuente.
En 1993, como gesto de reconocimiento, las artesanas formalizaron su organización bajo el nombre de Agrupación de Bordadoras “Carmen Benavente” de Ninhue, consolidando una identidad que hasta hoy se mantiene vigente.
Con el paso de los años, el trabajo de las bordadoras ha sido entendido como una expresión de patrimonio inmaterial: una práctica que no solo produce objetos, sino que transmite conocimiento, identidad y pertenencia.
Sin embargo, como muchas tradiciones, enfrenta un desafío silencioso. La mayoría de sus integrantes son hoy mujeres mayores, y el relevo generacional aparece como una tarea pendiente.
Aun así, los talleres continúan, y las puntadas siguen avanzando sobre la tela. Cada una de ellas, como un gesto de resistencia frente al olvido.
El regreso
El acto de este 17 de abril no es solo una despedida. Es también un regreso cargado de sentido. Carmen Benavente vuelve a Ninhue no como visitante, sino como parte definitiva de su historia.
Su legado no está únicamente en las piezas que recorrieron el mundo, ni en el reconocimiento institucional. Está, sobre todo, en las manos de quienes aprendieron a mirar su entorno con otros ojos y a contarlo con hilo y aguja.
En un tiempo donde lo inmediato parece imponerse, Ninhue recuerda que hay historias que se construyen lentamente. Puntada a puntada. Generación tras generación. Y que, a veces, una sola persona basta para iniciar un movimiento que no termina con su partida, sino que se queda, bordando futuro.




