Señor Director:
El eventual informe del Consejo Fiscal Autónomo sobre los errores de cálculo y el déficit estructural no solo expone un problema contable, sino también uno semántico. Durante años, la política fiscal se ha sostenido sobre proyecciones optimistas, reformas tributarias de recaudación incierta y presupuestos construidos más desde el deseo que desde la realidad. El resultado es un lenguaje público que promete más de lo que puede cumplir.
Las finanzas del Estado funcionan, en gran medida, como un sistema de signos: cifras, metas y compromisos que buscan orientar expectativas. Cuando esas señales se debilitan, la credibilidad también lo hace. Y sin credibilidad, la política económica pierde su principal capital: la confianza de ciudadanos, inversionistas y del propio aparato estatal.
La próxima administración tendrá el desafío de ordenar las cuentas, pero sobre todo de ordenar el discurso fiscal. No basta con ajustar cifras si se sigue hablando en un idioma que infla ingresos, posterga costos y maquilla déficits. La responsabilidad fiscal no se reconstruye solo con recortes o reformas, sino con una nueva sobriedad en la manera de decir y de proyectar.
Porque cuando el presupuesto se escribe con números que no existen, el déficit deja de ser solo fiscal: se vuelve, ante todo, un déficit de verdad.
Kênio Estrela



