Señor Director:
El reciente informe de la OCDE sobre el empleo público en Chile pone el dedo en una llaga que la ciudadanía sufre a diario: la desconexión total entre la evaluación interna del Estado y la realidad de sus servicios. Mientras el sistema califica a un 98% de sus funcionarios, los chilenos percibimos un Estado que llega tarde, o que simplemente no llega.
Esta cultura de la complacencia ha transformado la evaluación de desempeño en un trámite arcaico y carente de rigor. Calificar a todo el mundo como sobresaliente no solo es una ficción estadística, sino una falta de respeto para aquellos funcionarios que sí actúan por convicción y entrega real.
La verdadera “distinción” no debería emanar de un formulario administrativo, sino de la tranquilidad de conciencia de saber que el servicio fue oportuno y eficiente. Un Estado que se aplaude a sí mismo mientras el ciudadano espera, es un Estado que ha perdido su norte. Es urgente transitar desde una burocracia de papel hacia una gestión de resultados e integridad comprobable.
Juan de Dios Videla Caro




