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El olor que nadie quiere respirar

SMA

Señor Director:

Hay olores que uno guarda con cariño: el café que despierta la casa, el pan tibio de la mañana, la lluvia cayendo sobre tierra seca. Pero también existen otros, los que se pegan a la garganta y a la memoria como una mala noticia. En Rucapequén, en Chillán Viejo, ese olor tiene nombre y rutina. Y la verdad es que cuando el verano aprieta y el viento cambia, ya no se queda solo en el campo: cruza caminos, se cuela por barrios y termina llegando también a Chillán y a Chillán Viejo.

No es exageración ni delicadeza excesiva. Es vida cotidiana. Gente que deja la ventana cerrada en plena tarde de calor, niños que preguntan qué huele así, vecinos que comentan lo mismo en la esquina o en el almacén. Porque, además, no se trata de una sospecha: la Superintendencia del Medio Ambiente detectó que en 18 ocasiones se superó el límite de riego de digestato permitido. El número impresiona: hasta 1.888 metros cúbicos en un día, casi el triple de lo autorizado. Y es que cuando los números se desbordan, el aire también lo hace. Llegaron 72 denuncias en pocos meses. Casas a 700 metros donde dormir con la ventana abierta se volvió un lujo. Náuseas, dolores de cabeza, esa irritación silenciosa que aparece cuando algo invade tu espacio más básico: respirar tranquilo.

La empresa ya había sido sancionada antes. Multas millonarias, promesas de mejora, informes técnicos. Sin embargo, el olor volvió. Como si las normas ambientales fueran una recomendación amable y no una línea roja. Quizás ahí está el fondo del asunto. Porque el problema no es solo el hedor. Lo verdaderamente insoportable es la idea de que el bienestar de una comunidad puede ponerse entre paréntesis. Y la verdad es que el aire como la paciencia de la gente también tiene un límite.

Ricardo Rodríguez Rivas

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