Señor Director:
El presidente de la República ha dicho: “La política internacional debe tener una continuidad y quienes tenemos el honor de ejercerla por el tiempo que dura nuestro mandato debemos tener en cuenta respetar y aprender de lo que se ha hecho antes”, asegurando que su gobierno cumplió ese principio. En abstracto, en la teoría, esa idea parece razonable, pero el problema surge cuando se advierte que tanto él como su administración vulneraron e incluso avasallaron recurrentemente ese mandato.
Basta recordar sus intervenciones en la Asamblea General de la ONU, en las que no solo cuestionó a países amigos, sino que habló mal del suyo propio. Nunca entendió que la política exterior no puede ser la burda expresión de sus simpatías e ideas personales, sino la estrategia permanente de que se sirve el Estado para relacionarse armónicamente con el mundo. Su política exterior, lejos de ser de continuidad marcó un quiebre que, en los hechos, nos ha aislado del mundo con el cual tradicionalmente nos relacionamos. Esta pulsión presidencial nos indispuso con Estados Unidos, Israel, Italia, Argentina, países con los cuales no solo compartimos valores y principios, sino lazos históricos, una amistad tradicional y relaciones fructíferas en ámbitos tan variados como la integración, la política, la economía, la cooperación científica y tecnológica, la educación y la cultura.
Como cabe apreciar, la declaración del presidente es una definición teórica, un gesto voluntarista, un prurito tardío de corrección, pero no tiene ninguna relación con lo que ha sido el gobierno, bajo su veleidosa conducción. En el balance, entonces, es obligado decir que ha sido mucho más dañino que provechoso para los intereses permanentes de Chile.
Gustavo Adolfo Cárdenas Ortega
Abogado




