Señor Director:
La legitimidad de un líder no reside en lo que la ley le permite cobrar, sino en la convicción con la que decide honrar su investidura. Percibir bonificaciones adicionales en el cargo más alto del país abre un debate necesario sobre la moral pública: la cuenta pendiente de un Presidente debe ser siempre con su propia conciencia y el bienestar ciudadano, por sobre los incentivos que el sistema ofrece.
La historia de nuestra República guarda en su retina imágenes que hoy parecen de una nobleza olvidada. Es inevitable evocar la figura del Presidente Jorge Alessandri Rodríguez, quien, en un gesto de sobriedad absoluta, recorría a pie el trayecto desde su hogar en el centro de Santiago hasta el Palacio de La Moneda. Aquella caminata no era solo un acto de cercanía, sino la manifestación física de una convicción profunda: el poder es una carga de honor, no una fuente de beneficios.
Al final, el prestigio de un Presidente no se mide por el cumplimiento de indicadores técnicos que gatillan bonificaciones, sino por la altura moral con la que decide habitar su cargo. En la memoria colectiva no quedan los balances financieros de un sueldo, sino la huella de quien supo servir a la Nación con la dignidad de quien no espera más recompensa que el deber cumplido.
Juan De Dios Videla Caro




