La unidad es una palabra que se repite mucho en política, pero que pocas veces se toma en serio. Porque la unidad no existe por decreto ni por necesidad electoral.
La unidad se construye. Y se construye con tiempo, con diálogo, con coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Chile entra a un nuevo ciclo. El oficialismo pasará a ser oposición y, en ese tránsito, muchas certezas del mundo de las ideas comienzan a tambalear. Aparece una tensión evidente entre anhelar el poder y, al mismo tiempo, ser capaces de construir algo que dure. No basta con unirse para ganar una elección. El desafío real es consolidar un proyecto político que no se agote en la unidad de corto plazo, sino que tenga vocación de futuro y una lectura honesta de la ciudadanía.
Este 11 de marzo de 2026 tendremos un nuevo Congreso y un nuevo gobierno, con un amplio reconocimiento ciudadano. Pero ese respaldo viene acompañado de expectativas muy altas. Seguridad, crecimiento, empleo y un fuerte recorte del gasto público sin afectar derechos sociales. Es una ecuación difícil. Y quizás lo más complejo no sea lo técnico, sino lo humano: no tratar al ciudadano como si fuera parte del problema. No mandarlo a comprar flores cuando protesta, ni decirle que se levante más temprano para ahorrar en el transporte en horario punta. Detrás de muchos votos hay personas que trabajan para vivir, no solo para sostener salarios públicos. Ese respeto básico es parte esencial de cualquier proyecto que quiera perdurar.
Desde este escenario, quiero hacer tres invitaciones. La primera es a ser una oposición constructiva. Oposición no significa destruir todo ni negar cada avance. Significa fiscalizar, proponer y entender que el poder siempre necesita contrapesos responsables.
Una oposición que solo grita se agota rápido; una que construye, permanece. La segunda invitación es a ordenar la casa. Si queremos volver a convocar, necesitamos claridad sobre quiénes somos, desde dónde construimos y con quiénes trabajamos.
La unidad no es un punto de llegada, es un camino. Y en ese camino hay que aprender a hacerse cargo de cada paso que damos y de sus consecuencias. La tercera invitación es a entender que ningún respaldo es absoluto. Los votos no son propiedad de nadie: son prestados, en base a la confianza. Y la confianza es frágil. Cuando se pierde, recuperarla cuesta mucho más que ganarla por primera vez.
La unidad no es un lema para las multitudes ni un adorno para los días de fiesta. Es una obra dura, que se conquista a sí misma cada día. Solo quienes recuerdan y se hacen responsables de lo que crean pueden sostenerla sin convertirla en mentira. La política, si no quiere ser solo ruido y pelea por migajas de poder, debe atreverse a crear sentido, no a repetirlo. La unidad no se decreta; se forja, se hiere y se vuelve a forjar. Y sin esa forja constante, muchos sabrán ganar, pero pocos sabrán fundar algo que merezca durar más que un grito de campaña.
Gabriel Pradenas Sandoval
Ex delegado presidencial regional de Ñuble


