Señor Director:
El incendio casi siempre arranca igual: una chispa mínima, un plano aéreo dramático y un culpable rápido para el noticiero. Alguien con rostro borroso. Rara vez una estructura. En Ñuble y Biobío, mientras el humo baja como una persiana y el día se vuelve naranja, la discusión se llena de gritos y se vacía de responsabilidades.
La verdad es que incomoda decirlo: los incendios no son mala suerte, son diseño. Un modelo forestal empujado durante décadas con dinero público —el DL 701— que sembró pinos y eucaliptos como fósforos, pegados a casas, caminos secundarios, plazas donde juegan niños. Además, convive con la especulación inmobiliaria y ciertos proyectos extractivos que miran el fuego como quien espera una oferta: tierra quemada, suelo barato, trámite exprés.
Los hechos están ahí, tercos. Quienes hoy acusan a la izquierda votaron contra la Ley de Incendios, sobre todo contra la norma que limitaba el cambio de uso de suelo. Y es que no es ideología: es incentivo. Sin cortafuegos obligatorios, sin distancias claras entre plantaciones y caminos, sin aviones privados exigidos a las forestales, el riesgo se reparte y la ganancia se concentra. Súmese el descuido municipal, la prevención a medias, y sí, también patios llenos de maleza. Todo cuenta, pero no todo pesa lo mismo.
El fuego no es castigo divino ni accidente caprichoso. Es consecuencia. Mientras sigamos buscando al culpable de turno y no al sistema que lo permite, Chile arderá cada verano. Y alguien, otra vez, dirá que nadie lo vio venir.
Ricardo Rodríguez Rivas




