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Cuando el patrimonio vuelve a ser ciudad

Gore

Chillán arrastra desde hace décadas una relación ambigua con su patrimonio construido. Edificios con valor histórico y arquitectónico han sido declarados inmuebles de conservación histórica, pero en la práctica muchos de ellos permanecen abandonados, subutilizados o degradados, convertidos en “puntos negros” del espacio urbano. En ese contexto, el rescate del exCine O’Higgins aparece como una señal concreta de que es posible hacer las cosas de otra manera.

Dos hitos recientes permiten dimensionar ese enfoque. El primero es la aprobación, por parte del Consejo Regional de Ñuble, de más de $1.194 millones destinados a la adquisición del inmueble y al diseño de su recuperación. El segundo, de carácter simbólico y ciudadano, fue la reactivación temporal del espacio a través de una función de cine al aire libre, en el marco del Festival de Cine Nacional de Ñuble, que devolvió vida y sentido al frontis de un edificio que durante años ha estado cerrado y deteriorado.

La decisión del Consejo Regional implica no solo una inversión relevante de recursos públicos, sino también una definición política clara: recuperar un inmueble patrimonial respetando su arquitectura original, pero dotándolo de nuevos usos acordes al siglo XXI. El proyecto contempla mantener su vocación histórica como sala de cine, incorporando a la vez infraestructura tecnológica, experiencias inmersivas y espacios de formación cultural. Conservación con sentido, no un museo pasivo.

Este enfoque resulta especialmente pertinente en una ciudad como Chillán, marcada por la reconstrucción posterior al terremoto de 1939 y por una identidad urbana donde el patrimonio moderno y tradicional conviven con tensiones permanentes entre desarrollo y abandono. La recuperación del exCine O’Higgins demuestra que proteger un edificio histórico no significa congelarlo en el tiempo, sino integrarlo activamente a la vida cultural y social de la ciudad.

El segundo hito, la exhibición de la película “Denominación de origen” en su frontis, refuerza esa idea desde otra dimensión. Más allá de lo anecdótico del evento, lo relevante fue la apropiación ciudadana del espacio: familias reunidas, cine chileno, identidad local y uso del espacio público en torno a un edificio emblemático. Por unas horas, el exCine O’Higgins volvió a cumplir su rol original: ser un lugar de encuentro.

Ambos hechos, el avance institucional del proyecto y su activación cultural, entregan una lección que no debiera pasar desapercibida. Chillán cuenta con numerosos inmuebles de conservación histórica que hoy esperan definiciones similares. El patrimonio no se protege solo con decretos ni con placas conmemorativas, sino con proyectos, gestión y voluntad de integrarlo al desarrollo urbano.

El rescate del exCine O’Higgins marca un camino posible. Ahora el desafío es que no sea una excepción, sino un modelo replicable para otros edificios que forman parte de la memoria y la identidad de la urbe. Porque cuando el patrimonio se recupera con visión y uso, deja de ser ruina y vuelve a ser ciudad.

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