Señor Director:
A las tres de la tarde, caminar por el centro de Chillán ya no es un paseo: es una prueba de carácter. El sol cae sin pedir permiso, el asfalto devuelve el calor como una bofetada tardía y la sombra aparece poco, mal y nunca, casi como un favor. La verdad es que no estamos frente a “otra” ola de calor: estamos mirando, de frente, una forma torpe y descuidada de habitar la ciudad.
La tesis es incómoda, pero clara: Chillán no está pensada para el clima que ya llegó. Seguimos dibujando calles y plazas como si el verano fuera una anécdota amable y las emergencias, simples rarezas del calendario. Y es que no lo son. Cuando el termómetro coquetea con los 38 grados, no habla solo el clima: habla el urbanismo mal hecho, el cemento sin árbol, la vereda sin respiro.
Las alertas rojas ayudan a pasar el día, sí, pero no construyen futuro. Además, cansan. Lo urgente hoy es una infraestructura verde de verdad, no de cartón. Parques de bolsillo donde ahora hay planchas de cemento inútil, paraderos con protección térmica que den sombra en vez de propaganda, árboles frondosos que enfríen la calle y no selfies institucionales. Reforestar no es posar con la pala; es regar, cuidar, esperar y sostener.
La seguridad, ese otro balance que siempre llega a fin de año, cuenta algo parecido. Cámaras sobran. Luces hay pocas, y personas, menos. Un centro que se apaga a las ocho es una invitación abierta al delito. Porque, quién lo diría, la tecnología sin vida urbana termina vigilando la nada.
Planificar no es reaccionar más rápido, es pensar antes. Chillán puede ser una capital regional moderna y resistente al futuro, con un verdadero plan de infraestructura verde, pero solo si deja el parche y se atreve a una visión más ambiciosa, técnica y, sobre todo, humana. El calor no espera. Y la ciudad, si quiere sobrevivir, tampoco debería hacerlo.
Ricardo Rodríguez Rivas




