Este 24 de enero se cumplen 87 años del terremoto de 1939, la mayor catástrofe sísmica en la historia de Chile y, sin duda, el hito más traumático en la memoria de Chillán y de gran parte del centro sur del país.
Con más de 24 mil víctimas fatales a nivel nacional y ciudades prácticamente borradas del mapa, aquel desastre no solo cambió el paisaje urbano y humano de la región, sino que marcó un antes y un después en la forma en que el Estado chileno concibió la planificación, la reconstrucción y la protección social.
Recordar el terremoto de 1939 no es un ejercicio nostálgico ni un ritual vacío. Es, ante todo, un acto de memoria activa. Porque la historia de Chillán y de Ñuble está hecha tanto de tragedias como de la capacidad de levantarse tras ellas.
Desde los escombros de aquella madrugada surgieron políticas públicas decisivas, como la creación de la Corfo, una arquitectura más segura y una noción de desarrollo que entendió que la reconstrucción no es solo material, sino también social y humana.
Hoy, ese recuerdo adquiere una resonancia especial. Mientras conmemoramos los 87 años del sismo, la Región de Ñuble y el Biobío enfrentan nuevamente una emergencia devastadora: los incendios forestales, que han arrasado con viviendas, infraestructura productiva, ecosistemas y, en algunos casos, con proyectos de vida completos. El fuego, al igual que el terremoto, deja tras de sí pérdida, incertidumbre y un profundo impacto emocional en las comunidades afectadas.
Las catástrofes cambian de forma, pero interpelan las mismas preguntas de fondo: ¿cómo reconstruimos? ¿Con qué urgencia? ¿Con qué mirada de largo plazo? La experiencia histórica nos enseña que la reconstrucción no puede reducirse a cifras, subsidios o anuncios. Requiere coordinación, sentido de Estado, participación local y una comprensión profunda de los territorios. Requiere, también, evitar la tentación de instrumentalizar la emergencia con fines políticos de corto plazo.
Así como el terremoto de 1939 dio origen a una nueva etapa de desarrollo nacional, los incendios que hoy golpean al centro sur debieran empujarnos a revisar nuestras políticas de ordenamiento territorial, prevención, gestión forestal y adaptación al cambio climático. La resiliencia no consiste solo en volver a levantar lo que se perdió, sino en hacerlo mejor, con mayor justicia, seguridad y sostenibilidad.
Chillán sabe de resiliencia. Ñuble la ha ejercido una y otra vez. A 87 años del terremoto que marcó nuestra historia, la memoria nos recuerda que incluso en los momentos más oscuros es posible reconstruir, aprender y proyectar un futuro más sólido. Honrar a quienes lo perdieron todo en 1939 implica hoy estar a la altura del desafío que imponen los incendios: reconstruir con dignidad, visión y humanidad.



